Dakota , la comedia de Jordi Galcerán, el autor de El método Grölhom y El Crédito, entre otros éxitos, se estrenó el viernes 5 de septiembre en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza. Teatro del Temple y el director Carlos Martín han afrontado Dakota confiando que es un texto que sigue plenamente vigente como seria pieza de humor y como juguete escénico. Y su reflexión sobre la delgada línea entre la realidad y la fantasía (onírica o no) y la neurosis dominante en el hombre contemporáneo nos llevan tanto a la risa como a la reflexión.

Para Dakota contamos con un equipo de actores (Joaquín Murillo, Francisco Fraguas, Luis Rabanaque y Yolanda Blanco) muy dotados para el terreno cómico y que saben dar frescura y profundidad a todas sus construcciones escénicas.

 

Publicado por Javier Aguirre el 7 septiembre 2014 

Hay comedias y comedias.

Esta obviedad resume la gran distancia que hay entre unas obras destinadas simplemente a la evasión y otras pensadas para dejar poso.

Dakota‘, de Jordi Galcerán, con la que el zaragozano Teatro de las Esquinas  ha abierto la temporada 2014-2015, pertenece al segundo grupo. Con un lenguaje chispeante, planteando situaciones jocosas, combinando elementos de la mejor tradición teatral y manteniéndose en el filo de la realidad asaltada por los sueños, introduce al espectador en un clima denso donde la reflexión camina al lado de la carcajada inteligente.

Dirigida por Carlos Martín, ha sido la pieza que Alfonso Plou, coordinador dramático del Teatro del Temple, ha rescatado para celebrar el vigésimo aniversario de la compañía que ambos fundaron y que tantos éxitos ha aportado a la escena española e internacional.

El argumento plantea una situación posible en nuestro tiempo: después de un accidente, Hipólito Jarama, un conocido médico estomatólogo, sufre extrañas visiones y sueña con personajes que predicen el futuro. En uno de los sueños aparece Laura, su mujer, liada con un sujeto que resulta ser el protésico dental que pronto se presenta en la consulta del dentista. A partir de ese momento, Hipólito tendrá un solo objetivo: comprobar si ese presagio, como los anteriores, se cumple en la realidad.

El protagonista, Joaquín Murillo, borda su papel estableciendo una conexión permanente con el público a base de gestos y guiños, convirtiendo a los espectadores en confidentes y cómplices de la acción. Eleva a su personaje a cotas donde es posible prescindir de los ingredientes estrafalarios que aporta su delirio onírico. Pronto, y con gran facilidad, se hace próximo, incluso entrañable, en su desgracia.

Junto a él, Laura, magníficamente interpretada por Yolanda Blanco, consigue armar uno de los lados del rompecabezas existencial que acosa al protagonista.

Luis Rabanaque, en la figura del protésico dental víctima de las sospechas del alucinado dentista, aporta un enorme caudal de comicidad con su lenguaje retórico y su risa metálica.

Por último, Francisco Fraguas, desdoblándose en diferentes personajes, interactúa a la perfección con el protagonista y establece el puente con un episodio trágico que sucede en los Estados Unidos y da título a la obra.

La imprecisa línea existente entre la realidad, la fantasía y la neurosis, así como la irracional tiranía de los celos o el profundo sentido de la paternidad, quedan nítidamente expuestos en la obra, el primer éxito de Jordi Galcerán, hace veinte años, ahora felizmente rescatada por el Teatro del Temple

Dakota. Teatro del Temple.

 

07/09/2014 12:50 Antón Castro ‘DAKOTA’: TEATRO DE LAS ESQUINAS

’DAKOTA’: RISAS CON INTENCIÓN EN EL TEATRO DE LAS ESQUINAS

Anoche estuve en el Teatro de las Esquinas donde el Teatro del Temple celebra sus primeros veinte años. Es una compañía fundamental de la escena aragonesa y nacional desde entonces con montajes galardonados por aquí y por allá: Goya, Picasso y Dora Maar, Lorca, Buñuel y Dalí, etc.  Se representaba la obra ‘Dakota’  de Jordi Galcerán, una pieza en clave de comedia onírica, que habla, como quien no quiere la cosa, de algunos de los conflictos contemporáneos y de un médico estomatólogo de compleja y paranoica personalidad, al que encarna con mucho oficio, con cuidados registros, Joaquín Murillo, cada vez más sólido en escena. Cada vez más sabio: un veterano joven. 

La obra está escrita con sabiduría escénica, con perfecta carpintería teatral, como se decía antaño: con equilibrio, simetría, un humor desternillante y un cierto sentido de la adivinación o la profecía. Y una idea de circularidad, en la que todo ha sido sopesado, circularidad que incorpora algunas fugas surrealistas, como la del Príncipe de Viana y el trovador Guillermo y su amada, por citar una.

A Murillo, lo acompañan tres estupendos actores: Francisco Fraguas, asiduo del Temple -encarnó a Lorca, por ejemplo-, que resuelve con mucho oficio e ironía su trabajo (ese Guardia Civil tan previsor que es consciente de que en el fondo se acerca a la sátira de costumbres); Yolanda Blanco, que no tiene un papel fácil como esposa del médico que desearía tener un hijo y ya de paso un poco más de sexo, pero del que da cuenta con solvencia y equilibrio. El tercer intérprete en discordia, determinante, es Luis Rabanaque, que encarna a un vendedor de prótesis dentales. El suyo es un papel lleno de matices: Luis, con esa voz tan personal, realiza un muy buen trabajo. Inclinado a la expresividad cuando es necesario, vibrante, humorístico, divertido casi siempre. La obra la dirige Carlos Martín, que sabe lo que se trae entre manos y ha sabido moldear la función, dotarla de un ritmo que no desfallece y afinar la dirección de actores, para que el público se lo pase bien, sonría sin parar y no tenga demasiadas ganas de marcharse a casa, como recuerda Francisco Fraguas.

Si la felicidad del teatro también se mide por las risas y por la entrega del público, este es un montaje plenamente feliz.